Entradas

Con la colilla entre sus labios

Imagen
Un alegre tu-tu-liu de cogulladas se extendía por los valles de la sierra de Ontiñena mientras las primeras luces del día teñían con suaves acuarelas un horizonte de estío. Cuando el sol iluminó las lejanas brumas de aquel sereno amanecer de primeros de agosto de 1874, Manuel Miró, e l Cigarro , alarmado por el respingo de su mula al vuelo de un mochuelo, despertó de un brinco con su trabuco entre las manos. El bandolero salió del refugio sombrío de la cuadra con sigilo y con el tronar de las palpitaciones agitadas. Ya en la era arcillosa del mas, respiró aliviado al comprobar su humilde soledad, tan sólo alterada por el afanoso limar de diminutas langostas sobre las espigas doradas, y relajado por la fragancia de romero que acercaba la temprana brisa de la sierra. Los primeros rayos de sol iluminaron su cuerpo erguido, vigilante y fuerte, ataviado con unos calzones de raída tela, con pedazos en el trasero, y que ajustaban en las pantorrillas con unas jarreteras con hebilla; lucía u...

Ánimas

Imagen
La cuadrilla Nada es lo mismo. Cuando era un niño, la noche de las ánimas –que se celebraba la misma noche de  todosantos  y no la noche anterior— se acostumbraba a poner en las ventanas de las casas una calabaza hueca, a la que se le habían perforado ojos y bocas, introduciendo en su interior una vela encendida creando una macabra cabeza. Por lo que he podido saber, esta era una costumbre o tradición de muchos pueblos aragoneses y que tenía su origen en una creencia ancestral consistente en iluminar el camino de las almas en el sendero hacia el más allá y no quedasen perdidas, evitando que el luminoso mundo de los vivos se mezclase con el cosmos tenebroso de los muertos. Que fuese una calabaza confitera, y no un melón, sólo tiene que ver con el tiempo en que maduraba en los huertos dicha cucurbitácea planta y cuya pulpa servía para enriquecer virtuosamente sabrosos enfarinoses y empanadones que se elaboraban en este tiempo de conjuros de brujas y hechiceros para ...

Aljeceros por el mundo. Sète

Imagen
Las últimas luces del atardecer penetraban por el ventanal del comedor cuando Manuel y Teresa recogían los platos de una cena sencilla mientras sus niños jugaban a “les joutes” con el palo de la escoba. Una tortilla de patatas que acompañaba una ensalada con atún y olivas negras había recuperado los cuerpos del largo caminar de aquella tarde de domingo. La familia había bajado al puerto para unirse a la multitud que se congregaba junto al Quai de la Résistance para ver los torneos medievales de las Justas de San Luis, mientras la brisa marinera refrescaba las gentes que abarrotaban los muelles adornados por nubes blancas que ascendían vertiginosas formando grandes masas de algodón y los niños corrían por los adoquines del muelle al divisar las primeras embarcaciones que aparecían bajo el Pont de la Civette para admirar los fornidos jóvenes vestidos de blanco, armados con lanzas y escudos de madera que imitaban a los caballeros medievales, luchando a bordo de barcazas de diez remeros ...

Aljeceros por el mundo. Terrassa

Imagen
Del fotògraf terrassenc Xavier Francino Como solía hacer cada noche después de fregar los cacharros de la cena, la Catalina salió a tomar la fresca con las vecinas. En el abrasador verano de 2015, las tertulias se iniciaban con los comentarios sobre las altas temperaturas que aletargaban los cuerpos que buscaban alivio en la noche y que el oreo del río no conseguía refrescar ni en las madrugadas. La Catalina de la   Lavandera   pasaba unos días de vacaciones en el pueblo con el   Pep   en una casa junto al río que heredó de la Felisa, una hermana soltera de su madre. Paseando por el puente junto a sus vecinas, el sordo rumor de las aguas que rompían en los cuchillos de piedra arrastraban palabras de nostalgia de otros tiempos. A los ocho años, la Catalina había marchado a Tarrasa en compañía de sus padres que habían conseguido, gracias a intervención de un pariente lejano, un empleo de fogonero, el padre, en la fábrica de ladrillos Almirall donde conoció a Ma...

Verano

Imagen
Los fuegos de final de fiesta. Agosto 2015 Foto: jberniz En la vida, uno tiene momentos de intranquilidad que preceden a la calma relajada de un otoño que se vislumbra entre los suaves atardeceres de septiembre. Las delicadas hojas de los álamos que brillan sobre el río trasladan esencias de girasoles y vendimias bajo el susurro alegre de su risa ensombrecida por las ripas. Ya se fueron las músicas del baile, el griterío de los pasacalles de charangas y dulzainas medievales, el olor anisado de las tortas horneadas, el aire espeso por el humo sulfuroso de los fuegos del infierno que saludan la luna en las noches de agosto y el olor a lúpulo y a pan tierno de la espumosa cerveza que invade las terrazas veraniegas. Todavía flotan en el aire los aromas abrasados de trigo y de cebada, el olor arcilloso de la tierra mojada por la tormenta de verano, la fragancia de tentadores perfumes orientales en las noches de fiesta y el esplendoroso aroma a chocolate que inunda la plaza en...

Oleo

Imagen
Pasada la medianoche, las humeantes notas de Proud Mary inundaban la estancia de penumbra artificial iluminada por los escasos vatios de una bombilla solitaria. Como la rueda de aquel vapor del Mississipi, el plato giratorio del fabuloso tocadiscos de Marcelo giraba sin descanso en aquella casa abandonada de la calle Alta convertida en bodega de bohemios, un poncho permanente que ocupaba la cuadrilla en las frescas noches del verano por la generosa aportación del amigo Paco del  Remundo . Estudiantes de letras, aspirantes a científicos, señoritas elegantes, artistas noveles, jornaleros de oficios, trasnochadoras sin rumbo y jóvenes con melena soñaban con aquella canción de libertad interpretada por Jhon Fogerty acompañando sus voces con un vaso de poncho entre las manos. Cuando la armónica de Keep On Chooglin traspasaba las neuronas relajadas por el humo dando entrada a la trepidante batería de aquella banda de rock, asomó por la puerta Pascual –un joven pintor acompañ...

Un verano de cine

Imagen
De buena mañana, los labradores trajinaban en las eras con las mieses y con los cañizos de las figas cuando las balas de los Mauser silbaban amenazantes en la atmósfera calurosa del barranco de la Tejería. El siniestro eco de los disparos alarmó la Casimira cuando bajaba al horno de la Marcelina con la tabla de los panes sobre la cabeza y la abuela de la Polla se sobresaltaba escobando la calle al mismo tiempo que, en La Barceloneta, alertada por los disparos, la Lustrosa huía espantada al solonar. A la voz del director “ se rueda, acción !”, el grupo de voluntarios dirigidos por Pedrito el Panadero, convertidos en protagonistas del transparente celuloide —vestidos con mono azul, correaje de cintura con hebilla dorada, alpargatas de tela, un gorro verde con borleta y armados con fusil de bípode y amenazante bayoneta calada— disparaban sin descanso, contra el enemigo las balas de fogueo que sobresaltaban los lagartos en su acecho silencioso y quebrantaban el somnoliento des...

Café

Imagen
La espesa boira de la mañana levantó hacia las once dejando un día soleado. Hacia las dos menos cuarto de la tarde, detrás de la cristalera biselada de la puerta de doble hoja se percibía ya el bullicio de los habituales parroquianos del café. Tras el largo mostrador de madera situado a la derecha del local, el señor Pablito manipulaba con destreza y sin descanso las empuñaduras nacaradas de las palancas de la Gaggia, una cafetera de tres módulos con cuerpo de pulido acero que brillaba bajo uno de los arcos de ladrillo rojo que decoraban la pared y poniendo cuidadosa vigilancia en el reloj de la presión del vapor del calderín. Su experiencia y predisposición le permitían preparar la consumición de los clientes habituales con solo divisar la boina, la ferreta o el bigote del parroquiano que entraba por la puerta; antes que el recién llegado diera las buenas tardes ya tenía el carajillo o el café y la faria encima de la mesa. Aquel sábado, dos de enero del sesenta y cinco, el local est...