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Un chileno huevón entre las ripas

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Foto_ Judith Monclús Esto está peludo. Después del temporal, el día amaneció despejado por un viento del noroeste que ha dejado un cielo luminoso y transparente que permite la visibilidad a cientos de kilómetros; un cielo de un azul intenso que contrasta con el blanco de las nevadas crestas del Cotiella y del Monte Perdido, allá a lo lejos. Bajo mis pies se extiende una huerta hermosa verdecida por la primavera, las aguas limpias de los ríos que reflejan temblorosas los álamos de la orilla y las calles y tejados de las casas que se extienden a los pies de la montaña. Antes de bajar a la cortada, ingiero una aspirina para evitar el mal de cabeza  que causa este viento del demonio en las alturas colgado de un arnés. Da lata pero no conviene arrugarse; y eso sin contar con las nubes de polvo de las perforaciones que se filtra por todos los rincones del cuerpo a pesar de las gafas, los cascos para los oídos  y del traje de seguridad. Son las diez de la mañana del dos de a...

Águedas

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Obra de Francesco Guarino El día amaneció con rosada en los tejados y sobre las viejas tapias de los corrales. Las bajas temperaturas de aquella noche de víspera de Santa Águeda de Catania –protectora de los males de los pechos, de los partos difíciles y de los problemas con la lactancia de las mujeres— presagiaban una mañana calma y soleada de celebración en Ballobar. Cuando la suegra de Quintín asomó a la calle con una toca de lana negra sobre sus hombros y la escoba de palma entre sus manos, el frío amortiguaba el tañer de los cuartos para las nueve extendiendo con sus acompasadas notas los olores de pan fresco, de azucarados bollos y de esponjosas tortas de bizcocho horneadas por los panaderos, y el sol de invierno se posaba sobre los tejados levantando brumas vaporosas filtrando sus rayos por el vaho cristalino de las heladas ventanas. Aquel primer domingo de febrero, las mujeres tomaban el mando y liberaban sus ataduras con la cocina, con la colada y con la suegra. Un ...

Con la colilla entre sus labios

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Un alegre tu-tu-liu de cogulladas se extendía por los valles de la sierra de Ontiñena mientras las primeras luces del día teñían con suaves acuarelas un horizonte de estío. Cuando el sol iluminó las lejanas brumas de aquel sereno amanecer de primeros de agosto de 1874, Manuel Miró, e l Cigarro , alarmado por el respingo de su mula al vuelo de un mochuelo, despertó de un brinco con su trabuco entre las manos. El bandolero salió del refugio sombrío de la cuadra con sigilo y con el tronar de las palpitaciones agitadas. Ya en la era arcillosa del mas, respiró aliviado al comprobar su humilde soledad, tan sólo alterada por el afanoso limar de diminutas langostas sobre las espigas doradas, y relajado por la fragancia de romero que acercaba la temprana brisa de la sierra. Los primeros rayos de sol iluminaron su cuerpo erguido, vigilante y fuerte, ataviado con unos calzones de raída tela, con pedazos en el trasero, y que ajustaban en las pantorrillas con unas jarreteras con hebilla; lucía u...

Ánimas

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La cuadrilla Nada es lo mismo. Cuando era un niño, la noche de las ánimas –que se celebraba la misma noche de  todosantos  y no la noche anterior— se acostumbraba a poner en las ventanas de las casas una calabaza hueca, a la que se le habían perforado ojos y bocas, introduciendo en su interior una vela encendida creando una macabra cabeza. Por lo que he podido saber, esta era una costumbre o tradición de muchos pueblos aragoneses y que tenía su origen en una creencia ancestral consistente en iluminar el camino de las almas en el sendero hacia el más allá y no quedasen perdidas, evitando que el luminoso mundo de los vivos se mezclase con el cosmos tenebroso de los muertos. Que fuese una calabaza confitera, y no un melón, sólo tiene que ver con el tiempo en que maduraba en los huertos dicha cucurbitácea planta y cuya pulpa servía para enriquecer virtuosamente sabrosos enfarinoses y empanadones que se elaboraban en este tiempo de conjuros de brujas y hechiceros para ...

Aljeceros por el mundo. Sète

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Las últimas luces del atardecer penetraban por el ventanal del comedor cuando Manuel y Teresa recogían los platos de una cena sencilla mientras sus niños jugaban a “les joutes” con el palo de la escoba. Una tortilla de patatas que acompañaba una ensalada con atún y olivas negras había recuperado los cuerpos del largo caminar de aquella tarde de domingo. La familia había bajado al puerto para unirse a la multitud que se congregaba junto al Quai de la Résistance para ver los torneos medievales de las Justas de San Luis, mientras la brisa marinera refrescaba las gentes que abarrotaban los muelles adornados por nubes blancas que ascendían vertiginosas formando grandes masas de algodón y los niños corrían por los adoquines del muelle al divisar las primeras embarcaciones que aparecían bajo el Pont de la Civette para admirar los fornidos jóvenes vestidos de blanco, armados con lanzas y escudos de madera que imitaban a los caballeros medievales, luchando a bordo de barcazas de diez remeros ...