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Oleo

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Pasada la medianoche, las humeantes notas de Proud Mary inundaban la estancia de penumbra artificial iluminada por los escasos vatios de una bombilla solitaria. Como la rueda de aquel vapor del Mississipi, el plato giratorio del fabuloso tocadiscos de Marcelo giraba sin descanso en aquella casa abandonada de la calle Alta convertida en bodega de bohemios, un poncho permanente que ocupaba la cuadrilla en las frescas noches del verano por la generosa aportación del amigo Paco del  Remundo . Estudiantes de letras, aspirantes a científicos, señoritas elegantes, artistas noveles, jornaleros de oficios, trasnochadoras sin rumbo y jóvenes con melena soñaban con aquella canción de libertad interpretada por Jhon Fogerty acompañando sus voces con un vaso de poncho entre las manos. Cuando la armónica de Keep On Chooglin traspasaba las neuronas relajadas por el humo dando entrada a la trepidante batería de aquella banda de rock, asomó por la puerta Pascual –un joven pintor acompañ...

Un verano de cine

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De buena mañana, los labradores trajinaban en las eras con las mieses y con los cañizos de las figas cuando las balas de los Mauser silbaban amenazantes en la atmósfera calurosa del barranco de la Tejería. El siniestro eco de los disparos alarmó la Casimira cuando bajaba al horno de la Marcelina con la tabla de los panes sobre la cabeza y la abuela de la Polla se sobresaltaba escobando la calle al mismo tiempo que, en La Barceloneta, alertada por los disparos, la Lustrosa huía espantada al solonar. A la voz del director “ se rueda, acción !”, el grupo de voluntarios dirigidos por Pedrito el Panadero, convertidos en protagonistas del transparente celuloide —vestidos con mono azul, correaje de cintura con hebilla dorada, alpargatas de tela, un gorro verde con borleta y armados con fusil de bípode y amenazante bayoneta calada— disparaban sin descanso, contra el enemigo las balas de fogueo que sobresaltaban los lagartos en su acecho silencioso y quebrantaban el somnoliento des...

El Sanjuanero

Hacia las cinco de la tarde, grises nubarrones asomaban por el oeste del altiplano de San Juan. El Sanjuanero, un ermitaño enjuto y triste que tenía el encargo de avisar en caso de tormentas, agarró la cuerda con firmeza e hizo sonar con enérgicos toques la campana de la ermita en lo alto de aquella montaña del mismo nombre que ocultaba las inciertas amenazas que podían presentarse por el poniente. Más abajo, en el valle de los ríos, los campesinos iniciaron la retirada dejando sus labores de hortelanos mientras las lavanderas recogían a toda prisa las ropas mojadas en sus baldes de cinc, los bañistas de la fuente se apresuraban a salir del agua al tiempo que los abuelos de los mentideros abandonaban sus fábulas guerreras y los gorriones se escondían bajo las tejas de las tapias de adobes. La intensa luz de junio se desvanecía poco a poco cuando los apresurados campesinos cruzaban renegando el puente de piedra sobre el Alcanadre hacia sus casas. En un periquete apareció la ventisca to...