La vitrina
Hace unos días que no duermo bien. No sé si es por la cercanía del solsticio, la ola de calor, la nicturia nocturna, el exceso informativo sobre las comparecencias de políticos y allegados en los juzgados, o del gallo capón. La última que nos tenían preparada los boletines de noticias tiene que ver con el asunto de los supuestos y los valiosos regalos a servidores públicos, y que ocupa machaconamente toda la programación de algunos medios, es el muestrario de joyas de impreciso valor que un registro distraído encontró en una caja fuerte del ex presidente del gobierno. Para acabarlo de enredar, con aparente ánimo de ayudar a justificar a su compañero de partido, nos cuenta el señor Sebastián que, en sus años de ejercicio ministerial, también recibió regalos similares que cedió a Patrimonio del Estado y allí continúan expuestos en una vitrina del ministerio, a pesar de que los funcionarios le dijeron que esos regalos eran personales y solían quedárselos sus receptores. En este asunto, es costumbre muy española, desde Creus a Trafalgar y del Guadiana a la Albufera, hacer regalos de empresa o particulares, unas veces en reconocimiento desinteresado de la labor profesional y otras buscando algún beneficio. De esto último se da fe en la excelente adaptación cinematográfica del cuento de Manuel Ribas “La lengua de las mariposas”, en la escena en que el maestro recibe una mañana la visita del cacique local que le plantifica encima de la mesa un par de capones con el riguroso encargo de que su hijo, al parecer con dificultades para los estudios, aprendiese de números y cuentas. El veterano maestro, buen seguidor de la pedagogía libertaria y laica de la Institución Libre de Enseñanza, rechazó el regalo, decisión que ocasionó la enemistad del mandamás, acarreándole graves consecuencias en los tiempos que corrían.
A diferencia del maestro de la espiritrompa, y siendo de la misma categoría profesional del citado aunque de escasa trayectoria laboral, tuve la ocasión de recibir el obsequio de un hermoso y bien cebado gallo capón de varios quilos, de parte de una señora, amable y respetuosa y de preciosos ojos verdes, madre de un alumno. La escena resultó tan graciosa como la peculiaridad de la señora Hilaria que, viendo mi inexperiencia en delicada tesitura, con aquel pollo aleteando entre mis brazos, entró en hilarante y contagiosa risa hasta que pusimos eficaz remedio encerrando aquel bicho picudo de sonrosada cresta en una caja de cartón a la que le hicimos varios respiraderos i que, días más tarde, sucumbió al placer de ser guisado a la chilindrón con el debido acompañamiento riojano. No quiero ni pensar en las consecuencias que hubiese tenido un supuesto rechazo de aquel regalo de coloreadas plumas, no solo para mí, sino para aquella elegante madre ilusionada y feliz de obsequiarme con uno de sus capones más hermosos de su corral.
Tal y como andan ahora las cosas, para dormir a pierna suelta y con la conciencia tranquila,
fuera prudente recomendar a los empleados públicos actuales, y ante circunstancia parecida, acudir urgentemente a la delegación del gobierno de su comunidad para registrar el pollo y obtener el certificado correspondiente que le acredite como propietario y así evitar registros impertinentes, o bien entregar el capón en la oficina de patrimonio de dicha delegación para su exposición en la vitrina de obsequios a funcionarios públicos.
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On va
vostè amb aquest animaló?
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Vull
fer donació d’aquest pollastre que m’han regalat a l’escola en l’oficina de
Patrimoni de la Generalitat, i amb còpia segellada i signada per la secretària
del registre.
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Aquí
només acceptem joies d’or i diamants.
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Doncs
això es una falta de respecte envers la pagesia de Lleida i la cosa no quedarà
així. I d’aquí no marxo sense el certificat de donació, que no vull problemes.
Que baixin el Cap de la Delegació d’Educació i, si cal, també el
taxidermista...
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